La joven escultora vasca Naia del Castillo, que ha irrumpido con fuerza en el panorama artístico español actual, es un buen ejemplo de cómo la renovación artística no es nunca resultado del uso en sí de técnicas o materiales diferentes, sino de su rendimiento creativo. En este sentido, hasta el momento, esta artista se ha manejado con soltura con instalaciones y fotografías manipuladas, revalidando la libertad conceptual y material con que revolucionó el arte el dadaísmo y no ha dejado de extenderse, sobre todo, desde el arte pop hasta la actualidad.
Como ocurrió con los antecedentes citados, para Naia del Castillo se puede hacer arte mediante cualquier cosa o recurso, pero sin perder nunca de vista la realidad, no tanto para representarla, sino para darle réplica, lo que significa restaurar la narración dentro de las artes visuales. Su voluntad narrativa no está supeditada al género de los grandes relatos, sino al testimonio crítico directo de su experiencia personal...
La evolución de su obra se centra en la relación de la mujer con su entorno físico y psicológico. Conceptos como intimidad, seducción, hogar, tradición o cuerpo, están presentes en una obra que supera los límites de la fotografía y hasta cierto punto, la redefinen. Por una parte, la escultura y ese sentido de la artesanía característica de la mujer desde una perspectiva tradicional, como es la costura, están en el origen de su dedicación al arte. En series anteriores desarrolla ampliamente temas como la relación de la mujer con su entrono cotidiano, con lo doméstico, con su pareja y de una manera muy sutil, con el sexo; posteriormente aspectos de la seducción y de la dominación que ejerce sobre las relaciones.
La evolución de su trabajo tiene líneas: formalmente se condensa y se hace cada vez más barroco; en el aspecto conceptual se ha sofisticado, pasando de aspectos más comunes y cotidianos a otros más subconscientes y profundos. Si en sus primeras series la imagen de la mujer estaba físicamente ligada a la del hombre, a la cama, o a la casa a través de la ropa, del ajuar doméstico, en sus últimos trabajos reflexiona sobre el deseo de poseer. La posesión de la belleza que nos refiere a la riqueza, pero de manera oblicua, especialmente al sexo. Pero es siempre la mujer, bien a través de sus ropas de sus elementos de decoración y ornamentación, maquillaje o de sus joyas la que centra toda una narración simbólica en la que la belleza, la elegancia y los elementos arquetípicos de la seducción están siempre presentes.
Del Castillo ha pasado de la posesión que el hombre y el entorno doméstico mantenía sobre la mujer a un escenario en el que es una mujer la que posee, a través de las armas de la seducción y aparece la envidia, la lujuria, esa obsesión por tener lo que se desea de una manera inmediata y total, absoluta.
Su estilo a veces casi teatral se vuelve con el tiempo cada vez más denso, oscuro y abigarrado, quedando atrás la sencillez y luminosidad de sus primeros trabajos. Sus imágenes se van llenando de misterio y ocupan paulatinamente toda la superficie de la fotografía.